La avispa

El aire fresco se posó en mi cara cuando abrí la ventana. Pero no estaba solo. Una avispa vino con él y aterrizó en mi mejilla derecha.

Para una avispa, usar una mejilla humana como aeropuerto internacional puede ser su pan de cada día, no se lo discuto, pero para un humano, en este caso yo, es algo inusual e inesperado.

Es tan inusual inesperado, que todas las alarmas saltan a la vez como locas haciéndose la competencia: ¡grita!, ¡no, salta!, ¡no, eso no, agita la cabeza! ¡no, mejor corre!, ¡despeinate!, ¡ahora, baila la danza de la lluvia!… resultado: Flor espichada cuan larga era al resbalarse en el aire por no haber tenido la precaución de mantener siempre uno de los dos pies en el suelo.

Medio a cuatro patas, medio reptando, llegué a la cocina en busca de un trapo. A mi alcance estaba el azul con cerezas. No, ese no que me gusta mucho, no vaya a salir por la ventana. Miraré en el cajón. Mientras tanto, el zumbido se acercaba. ¿Será capaz de seguirme hasta aquí ese bicho inmundo? Pasaba frenética los paños de cocina y todos me parecían demasiado nuevos o demasiado bonitos como para arriesgarme a perderlos en un intento por echar a mi nueva e indeseada inquilina. La vi entrar por la puerta y cojí el primer paño que tenía a mano sin importarme su belleza. De pronto perdí de vista a la avispa. La muy bandida se escondía de mi en el rincón más recóndito de la cocina. Seguro que se reía viendo cómo esta loca despeinada, con un punto tamaño euro en las medias y armada con un paño rosa con dibujos de mariquitas, la buscaba en todos los sitios menos en el que se encontraba.

Entonces la vi. Me retaba, mirándome, desde el mango de la sartén. Con el cuerpo y la cabeza lo más lejos posible del paño empecé a blandirlo. Después de una lucha encarnizada, mezclada con toneladas de miedo y latidos de corazón, logré abrir la ventana y echar de la cocina a la maldita avispa.

Me senté en una silla, sudando.

¡Por fin!…

Miré hacia abajo.
¡Mierda! ¡estas eran mis últimas medias!

Entonces oí un zumbido que en un nanosegundo se convirtió en un ruido similar al de una moto sin tubo de escape. Recordé que me había dejado abierta la ventana de la cocina. A menos de un milímetro de mi oreja pasó un moscardón tamaño obús a la velocidad de un pedrusco precipitándose al vacío. ¡Mi madre, qué bicho!

Solté el paño por algún sitio y aquí estoy. Tranquilita en un cibercafé. A salvo.

Creo que preguntaré a la dueña, que parece muy simpática, si me deja esta noche dormir aquí.

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5 comentarios

  1. Buff yo cuando estoy tomando el sol en la ventana de mi casa, siempre viene alguna, ajj. Y me aparto corriendo y echo insecticida, para que no se acerquen xDD

  2. xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

  3. ¡Pero chiquillaaaa! ¡¡Si solo tenías que morderte la lengua!! jajaja ¡Qué mal se pasa! Son chiquititas, ¡pero matonas! 😉

    Jugue.

  4. Qué bien previsto, barnett!!! como soy un desastre no tengo insecticida, y si lo tuviera, seguro que en ese momento no lo encontraría jiji 🙂

    Davidi cielo, jajajajaja, que casi me dejas sorda con esa carcajada!! 😛

    Juguetona, “mi armaaaa” (intento de acento sevillano por mi parte. Arma=alma 😛 ) ¿para qué es eso de morderme la lengua???? es un mensaje en clave para las avispas? Si me muerdo la lengua, ¿ellas captarán mi mensaje ultrasecreto en lenguaje avispil que les dirá algo como: si te acercas a mi te muerdo!? 😉

    Cuando volví a casa ya no estaba el moscardón, pero hacía un frío…. jijiji

  5. Pos lo de morderse la punta de la lengua para que la avispa se vaya, no sé por qué funcionarás, ¡pero funciona! Si te ves en otra ¡hazlo! jajaja, verás como en lugar de correr tú, vuela ella lejooosss de tí…
    Aquí en Sevilla es una antiquísima creencia que nadie pone en duda… ¡Por algo será! 😉

    Besitos.

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