Feng Shui II

mortadelo-filemon

Poniendo orden en mis armarios, encontré mis viejos tebeos de Mortadelo y Filemón. ¡Qué risas me pasaba! ¡Qué buenos recuerdos! Aquellas olimpiadas de locos, aquellos inventos terroríficos del profesor Bacterio, los disfraces de Mortadelo, los dos pelos de Filemón…

¡Qué buen invento el cómic! un hurra por todos los creadores D

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Supermercados, la quinta dimensión

Suena el despertador. Abro un ojo. El otro no puedo porque me ha picado un mosquito en el párpado. Se me antoja un vaso fresquito de leche con colacao, como cuando era niña.

Estupendo, no tengo leche. Me paso diez minutos mirando el interior de la nevera en estado semicatatónico. Llego a esta conclusión: si no tengo leche no me apetece otra cosa. Como es fin de semana aprovecharé para limpiar. Voy a por la escoba y a mitad de camino ya la llevo arrastrando. ¡Pero si todavía no me he puesto a barrer! 😯

Ah,… claro… es que no he desayunado nada. Será mejor que vaya a comprar leche antes de hacer ninguna otra cosa.

Me ducho casi sin fuerzas para levantar la esponja. Aprovecharé para comprarme otra, que está muy vieja. Y de paso que sea más ligera, que levantar tanto peso de buena mañana no tiene que ser bueno. Me visto como puedo, y a la segunda manga ya estoy resoplando. El bailarín tiene razón, tengo que hacer más ejercicio.

Vale, ya estoy en el supermercado. ¿Y estos plátanos que han puesto aquí hoy? ¡Qué buena pinta tienen! me llevo unos. Tres manzanas, un kilo de arroz y un paquete de lentejas despues… ¿A qué había venido yo?… ¡ah, sí!… la leche.

¿Dónde la han escondido esta vez? Sé que lo hacen adrede, la cambian de sitio para que me recorra todo el supermercado enterito cada vez que vengo… ¡¡Uyyyy!! y ese chocolateeeeee???? con almendras, mi preferido… mmmm… no sé si me llega el presupuesto…. está bien, un día es un día, voy a tirar la casa por la ventana. Ahora a por la esponja. Me paso como media hora pesando esponjas a ojo hasta que me convence una de ellas. ¡Vaya! se me olvidaban las aceitunas, que luego la ensalada se queda como sin sustancia… vale, creo que lo llevo todo.

Paso por caja y camino, bueno… repto hacia mi casa con las pocas fuerzas que me quedan. Lo coloco todo en la nevera. Me quedo mirando el interior en estado semicatatónico…. ¿Por qué estoy haciendo esto?… ah, sí, la leche con colacao.

😕

¡No he comprado la leche! ¡Maldito supermercado! ¡Siempre me pasa lo mismo!…

La avispa

El aire fresco se posó en mi cara cuando abrí la ventana. Pero no estaba solo. Una avispa vino con él y aterrizó en mi mejilla derecha.

Para una avispa, usar una mejilla humana como aeropuerto internacional puede ser su pan de cada día, no se lo discuto, pero para un humano, en este caso yo, es algo inusual e inesperado.

Es tan inusual inesperado, que todas las alarmas saltan a la vez como locas haciéndose la competencia: ¡grita!, ¡no, salta!, ¡no, eso no, agita la cabeza! ¡no, mejor corre!, ¡despeinate!, ¡ahora, baila la danza de la lluvia!… resultado: Flor espichada cuan larga era al resbalarse en el aire por no haber tenido la precaución de mantener siempre uno de los dos pies en el suelo.

Medio a cuatro patas, medio reptando, llegué a la cocina en busca de un trapo. A mi alcance estaba el azul con cerezas. No, ese no que me gusta mucho, no vaya a salir por la ventana. Miraré en el cajón. Mientras tanto, el zumbido se acercaba. ¿Será capaz de seguirme hasta aquí ese bicho inmundo? Pasaba frenética los paños de cocina y todos me parecían demasiado nuevos o demasiado bonitos como para arriesgarme a perderlos en un intento por echar a mi nueva e indeseada inquilina. La vi entrar por la puerta y cojí el primer paño que tenía a mano sin importarme su belleza. De pronto perdí de vista a la avispa. La muy bandida se escondía de mi en el rincón más recóndito de la cocina. Seguro que se reía viendo cómo esta loca despeinada, con un punto tamaño euro en las medias y armada con un paño rosa con dibujos de mariquitas, la buscaba en todos los sitios menos en el que se encontraba.

Entonces la vi. Me retaba, mirándome, desde el mango de la sartén. Con el cuerpo y la cabeza lo más lejos posible del paño empecé a blandirlo. Después de una lucha encarnizada, mezclada con toneladas de miedo y latidos de corazón, logré abrir la ventana y echar de la cocina a la maldita avispa.

Me senté en una silla, sudando.

¡Por fin!…

Miré hacia abajo.
¡Mierda! ¡estas eran mis últimas medias!

Entonces oí un zumbido que en un nanosegundo se convirtió en un ruido similar al de una moto sin tubo de escape. Recordé que me había dejado abierta la ventana de la cocina. A menos de un milímetro de mi oreja pasó un moscardón tamaño obús a la velocidad de un pedrusco precipitándose al vacío. ¡Mi madre, qué bicho!

Solté el paño por algún sitio y aquí estoy. Tranquilita en un cibercafé. A salvo.

Creo que preguntaré a la dueña, que parece muy simpática, si me deja esta noche dormir aquí.

Cómo conseguir que tu novi@ corte contigo

Esta táctica la usó el ex novio de una amiga mía, Sara. No sabemos si lo planeó con premeditación y alevosía o simplemente fue pura suerte de principiante.

Resulta que después de hacerle a Sara algunos desplantes muy feos, la invitó un fin de semana a esquiar, en plan disculpa. Sara, perdonándole en el acto, cogió el par de tangas más mínimos y sexys que tenía, una bufanda y se depiló hasta las orejas.

Fué a encontrarse con él en el aeropuerto cuando le vió aparecer con su amigo, el “sacacorchos”, que se pasó el resto del viaje destapando cervezas con los dientes, de ahí su apodo.

Entre tanto tanga, y perfume y depilaciones varias, a Sara se le olvidó meter en la maleta su gorro para el frío. Así que su ex, Carlos, le prestó a regañadientes un gorro blanco con las letras de la marca de una bebida. Como a Sara no le gustaba ir haciendo de anuncio en medio de la nieve, se puso el gorro del revés para que quedara blanco completamente.

Pues bien, allá que fueron los tres a bajar por la pendiente. Sara no sabe esquiar muy bien, todo hay que decirlo, y pensó que su repentinamente amable novio la ayudaría. ¡¡PUES NO!! El “amable” novio Carlos bajó a toda leche junto al sacacorchos por la pendiente. Como Sara es muy digna ella, trató de seguirlos y a mitad de camino cayó despatarrada en medio de la nieve. Intentó pedir auxilio pero Carlos y el sacacorchos no eran ya más que dos puntitos, uno azul y otro naranja, a lo lejos.

Un buen rato después Sara llegó al hotel. Sus acompañantes, si es que se les podía llamar así, estaban en la cafetería. Carlos levantó la mirada y la vió magullada, el traje roto, los pelos revueltos en un indescriptible amasijo, y se quedó blanco. Ella se enterneció y se lanzó a abrazarle llorosa cuando él la apartó gritando muy enfadado:

¡¡¡¿Dónde coño está mi gorro?!!!

Y acto seguido salieron disparados a buscar el sitio exacto del despatarre para recuperar el gorro. Como ella le había dado la vuelta y el blanquísimo gorro no tenía a la vista las letras… aquello era imposible de localizar entre tanta nieve blanca, con el consiguiente mosqueo y enfurecimiento progresivo de Carlos…

Y el final de la historia ya os lo podeis imaginar ¿no? Sara. Tangas. Cuerpo depilado. Avión. Regreso. Soltería nueva y reluciente.

Anda que tener novios para esto… ains!